1. dgo después de Pascua: 15 de abril. Texto: Juan 20, 19-29
Todos nosotros somos propensos a caer en un estado de duda e incredulidad, no porque no tengamos fe o seamos falsos para con Cristo, sino simplemente debido a nuestra debilidad natural.
Tomás era un leal seguidor de Jesús. Amaba a su Maestro. Había sido un golpe severo para él y para su mente. Haber visto a su Señor traicionado, procesado como un criminal, azotado, crucificado, muerto y sepultado.
No pudo recuperarse de todo eso, cuando ya le vinieron con una nueva noticia, que cambiaba radicalmente sus sentimientos. Jesús resucitó. Le parecía que eso involucraba un milagro demasiado grande para ser creído y que estaba más allá de lo que pudiera esperarse.
Según Tomás dijo, necesitaba de pruebas muy claras y satisfactorias para poder creer.
De igual manera, cada uno de nosotros tenemos nuestras fallas características.
Tal vez por ser demasiado racionales, pedimos también pruebas y no nos animamos a decirlo abiertamente. Tal vez, por el contrario, por ser demasiado ingenuos no logramos comprender este fenómeno más allá de creer que es un cuento de hadas para niños. Como sea, creo que la duda es algo muy propio de cada ser humano.
Esta semana tuvimos un caso parecido en el Chaco. Podemos decir que se trató también de un milagro de resurrección. Esta bebe que los médicos daban por muerta y, ante la duda de los padres, que pidieron verla, porque querían sacarle fotos, o quizá porque sospechaban algo, descubrieron con certeza que estaba viva. ¿El calor humano que recibieron? ¿La mano de Dios? Se trata solo de creer. Así de simple.
Hasta el más crédulo o el que tiene la fortaleza más grande, puede caer en su fe en cualquier momento. Nadie está exento, por eso tampoco debemos juzgar a nadie en su fe, o en su calidad de fe.
Pero más allá de la supuesta incredulidad de Tomás, veamos la reacción, el trato que hace Jesús sobre la incredulidad de Tomás.
Jesús no critica a Tomás, no le dice “¿Cómo te atreves a no creer o a dudar de que estoy vivo?”. No lo tilda de indigno de Dios.
Jesús sabe de nuestras debilidades de fe. Y el reproche de Jesús esta hecho en un clima de amor.
Evidentemente Tomas no había asociado todas las citas del Antiguo Testamento en los que afirmaba que el Mesías iba a resucitar al tercer día. En medio de todo el dolor que sentía por la pérdida de su maestro, tampoco recordaba que el propio Jesús había dicho más de una vez que iba a resucitar. El estaba siempre presente con los discípulos. Tampoco había creído a las mujeres que vieron a los ángeles en el lugar del sepulcro.
Muchas veces nuestra obstinación y negación de Jesús es muy parecida a la de Tomás.
Pese al cúmulo de evidencias que día a día experimentamos de la existencia de Dios y de Cristo, seguimos teniendo dudas. Y quizá nuestras dudas y desconfianzas tengan la raíz en que creemos más en nosotros mismos que en Dios. Y esta creencia es la que ha generado muchas veces divisiones y cismas en las iglesias.
Entonces, no es un escándalo que Tomás pusiera a su propio ego en oposición al Maestro, en oposición a la Escritura, y en oposición a todos sus consiervos.
Aun así, nuestro Señor Jesucristo se abstiene de expresar alguna palabra de denuncia. Él simplemente dice: “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”.
No podría haber pronunciado unas palabras más delicadas.
Tomás eligió la manera de creer, “si no puedo meter mi dedo en sus clavos y mi mano en su costado” no creeré. O sea no se conformaba con verlo, podía ser una ilusión óptica; ni le hubiera alcanzado charlar con él, porque podría ser producto de su imaginación, o un fantasma, o un espíritu.
Quería “tocarlo en sus heridas” en lo que es la señal concreta de que era él.
¿No había ninguna otra manera de creer en su Señor, excepto la de revisar con su dedo y con su mano las propias heridas de ese cuerpo?
Es como pedir demasiado. Tomás había huido con los demás discípulos y ahora se atreve a pedir pruebas.
Jesús es sumamente indulgente con Tomás. Yo no sé si asombrarme más ante la impertinencia de Tomás o ante la clemencia del Maestro.
¿Caímos nosotros durante la semana pasada en un estado de incredulidad? ¿Hemos tenido severos pensamientos para con Dios? ¿Ha suspendido algún pecado nuestra comunión con nuestro Salvador?
Si es así, no te desanimes. El Dios de toda paciencia no te desamparará. El amor que nuestro Señor Jesucristo tiene para Su pueblo es tan grande, que pasa por alto su pecado. No; no hay ningún enojo de Su parte que te separe de tu Dios.
Puesto que Él viene benevolentemente a ti, ¿no irás tú alegremente a Él? No pienses ni por un momento que Él te ha de fruncir el seño o te ha de rechazar. No te hará recordar que tus oraciones son frías y apuradas, o que tus momentos de devoción son escuetos, ni que tu Biblia esté sin leer, o que desperdiciaste ocasiones para la comunión y el servicio con los demás; antes bien, te recibirá con la gracia y te amará gratuitamente, y te concederá justo lo que necesitas en este momento.
Él había acudido a ver a Sus discípulos una vez; había estado en medio de ellos y les había dicho: “Paz a vosotros”; les había entregado su comisión, había soplado sobre ellos y les había dado el Espíritu Santo. Pero uno de ellos había estado ausente.
Bien podía haber dicho, como lo hubiéramos hecho nosotros, “no lo viste, te lo perdiste”. Pero fiel a sus enseñanzas, como cuando enseñaba de la oveja perdida y que había que dejarlo todo para buscarla, volvió una vez más para darle también a Tomás lo bendición que le faltaba. Tomás, desde la perspectiva del inmenso amor de Jesús, no podía quedar afuera del reparto de bendiciones.
Tomás tenía que haber buscado a Cristo, especialmente después de haber estado ausente en la primera ocasión que Él los había visitado. Seguramente tenía que haber dicho: “El Maestro vino a mí, y yo no estuve allí; por tanto, debo buscarlo donde sea que esté, y le diré cuánto lamento haberme perdido la oportunidad de oro de estar en Su presencia”.
Pero, Tomás no buscó a su Maestro. En eso se asemejaba a nosotros. No buscamos a Jesús y nos quedamos encerrados en nosotros mismos. Pero él, mucho antes de que nosotros reconozcamos la necesidad de acudir a Él, viene a nosotros con su bendición.
Vino por causa de una persona; buscaba a aquella persona que no le había buscado. Fue hallado por uno que no le había buscado.
Se podría pensar que hubiera sido bueno que Tomás fuera dejado solo un poco más de tiempo. Que se embrome por no haber estado cuando Jesús repartió las bendiciones. Ahora que se la aguante. ¿Por qué tenemos que darle otra oportunidad?
Jesús tolera aquello que nosotros no toleramos, y Él nos tiene paciencia cuando nosotros no podríamos tenerles paciencia a nuestros hermanos. Nosotros no tenemos que tolerarlos a ellos ni la mitad de lo que Él tiene que tolerarnos a nosotros.
Aunque Tomás podía haber sido abandonado y merecía ser abandonado, con todo,
Jesús vino a Él porque sabía que venir a verlo sería mucho mejor que dejarlo en el abandono.
¿Por qué entonces vamos a alejarnos de Cristo? Por ejemplo en la Santa Cena. Muchas veces pensamos que “no somos dignos de participar de su mesa” porque somos pecadores. ¿Acaso los discípulos eran santos?
El Señor no espera hasta que los discípulos estén preparados o sean dignos de recibirlo. Nosotros tampoco estamos preparados para Él. Pero Él acude a ellos y se reúne con ellos, y los encuentra antes de que le hubieren buscado. También acude a nosotros y viene a nuestro encuentro antes de que nosotros podamos estar preparados.
Seguramente Tomás se convirtió en un discípulo empeñoso porque recibió una atención especial. Fue recibido por Jesús a pesar de su incredulidad. Y lo más interesante es que fue el primero que reconoció públicamente que Jesús es Dios. “Mi Señor y mi Dios”. Una vez que comprobó que ese a quien todos habían visto era el mismo Jesús, lo reconoció como Dios. Fue el primero que dice “Mi Señor y mi Dios”. Este es el primer Credo de la iglesia Cristiana. Y nace desde la duda, la experiencia de vida y el reconocimiento de la resurrección.
Tuvo que pasar por la experiencia de la duda para fortalecerse en la fe y estar ahora si convencido de la fe en Jesús. De la duda a la certeza. El reconoce a Cristo desde sus heridas, las que pudo constatar en Jesús pero también las propias de su incredulidad.
Y ahora algo sobre la duda. Muchas veces de niños nos dijeron que no debemos dudar, que si dudamos de la fe Dios nos va a castigar. ¿Acaso Jesús castigó a Tomás?
Al contrario, logró que Tomás lo confesara como Dios, aún más que los otros discípulos.
La fe es convicción, pero también experiencia personal. A veces precisamos de una experiencia personal de conversión, para tener una fe sólida y consistente.
Sobre la vida propia:
Esa fe en la resurrección ¿la vivimos convincentemente, como Tomas porque hemos experimentado al Cristo resucitado o la vivimos superficialmente?
Si creemos en la resurrección de Cristo, debemos también creer en nuestra resurrección, en el cambio de nuestra vida de sepulcro a una vida de esperanza.
Acérquense en espíritu y en verdad a Él, y sus almas serán enriquecidas, para su propio beneficio y para la gloria de Dios.
Pablo Münter
